El último aliento del oro
Para que Vigo se salve, hace falta Todo.
No sé si la escritura aquí sabrá ser Arcadias,
llevarnos a todos en volandas.
Energía, acción pausada de otro modo.
Venía la mujer que al César sueña liberar,
él no podía ser quien quisiera bella.
Fruto de eso nació la mezcla, Horacio-Mou en la divina botella:
Su Celta debía llenar la celeste enseñanza del mar.
Se juntó lo que no tuviera permiso hoy,
quien sabe si para hacerla mejor papel.
Era una luna pequeña, escritora de saberla “¿a dónde voy?”
“Gabriel escapaba de Caos noveno; pero éste sin él no era el…”
Se iban los maestros sin esta escuadra griega.
La inspiraban niños, autoengaños, ilusión, foros y radios.
A fin de cuentas el bien, sin el mal, sería conocerla ciega.
Deben vivir unos, y así guiar a recorrer los otros varios.
Y se apareció su espectro, esta vez en verso,
feliz de por una vida ser conocido importante…
“no me tenga miedo amor, si no sabe eso”.
Nuestra concepción de fútbol, a su lado, era única; gigante.
Rimando, ahora sí, por el alma de su ombligo:
“Hacias que seas mi dios no me iré,
por eso si vengo te viviré, me sufrirás, te guardaré”.
“El último día que piense será cogido a Ella”, respondía ella contigo.